La violencia explicada a mi hijo

Por: Milver Avalos Miranda

Mi hijo, en realidad no es mi hijo, es mi sobrino. Un niño de siete años. Él perdió a su padre a los tres meses de nacido, nunca conoció el rostro ni escuchó la voz de su verdadero papá. Él me llama papi de cariño. La familia y los vecinos de barrio saben que soy su tío. Todos en casa tenemos miedo que un día no muy lejano un compañero de escuela, le digan que es huérfano de padre. Nunca me he atrevido a dar el salto y contarle como murió su papá, tengo miedo de caer en el abismo y de romper el corazón de un pequeño tierno e inocente.

Mi hermano era un policía. Él murió a manos de los delincuentes, en Ica, lejos de Pampas de Jagüey, pueblo que lo vio nacer, crecer y lugar en donde reposan sus huesos. Él me llamó quince minutos antes que muera, con una voz ronca que le salía del pecho como si hablará por dos tubos. La última vez que lo vi fue en una fotografía, su cuerpo inerte yacía en el pavimento, su cara besaba la lona dura, su nariz en forma de jota quería romper el asfalto y su sangre hizo un círculo imperfecto por alrededor de su cuerpo.

Mi hijo está sentado en el borde de mi cama. Lleva el pelo peinado hacia atrás ni un cabello está levantado, el gel le ayuda mucho. Usa una camisa blanca manga larga, pantalón negro que hace juego con sus zapatos negros de cuero. Sus pies están en el aire. Por cierto. Él se aburre de mirarme, cuando yo golpeó el teclado de la computadora con mis dedos y me grita: «¿Qué haces? ¿Por qué no me prestas atención?». Me siento a su lado y le explico: «Estoy escribiendo una crónica sobre violencia y asesinos».

Él se queda pensando unos segundos, pone en su mente en blanco, sus ojos quietos dejan de mirarme y los fija en la ventana abierta de la habitación.

—No entiendo, papá —explícame mejor—. No olvides que soy niño.

—Asesinos son los que andan con pistolas en mano y matan como las películas que ves los fines de semana en la televisión —expreso.

—Pero en las películas, los policías meten presos a los malos ¿No pasa lo mismo en nuestro país? —increpa con seriedad—. Los policías son los buenos, son mis héroes.

Sentí unas ganas inmensas de decirle que su padre fue policía, pero su sonrisa franca e inocente, me impide, no quiero quebrarle su mundo de cristal, en donde su papá es un hombre que toma fotos y escribe sobre los muertitos -que se sale de casa a la seis de la mañana y regresa a las diez de la noche-. Incluso, él les cuenta con mucho orgullo a sus amigos de colegio que su padre viajó hasta México para fotografiar a los muertos y las casas derrumbas por el sismo del diecinueve de septiembre del año dos mil diecisiete.

—Papá álzame —me dice.

Me acomodo en la cama, su cabeza lo pego a mi pecho y los zapatos ensucian la cama, pero eso no parece importarnos un comino en ese momento. Él quería escuchar atento mi explicación. Yo explicar mis aventuras como reportero. A la cuenta de uno, dos y tres empiezo a contarle con lujos y detalles.

Trujillo dejó de ser la Ciudad de la Eterna Primavera, los delincuentes se han encargado de volverlo en un invierno eterno, la sangre chispea y riega las calles, los delincuentes se disparan hasta que sus pistolas escupan la última bala, muertos boca abajo besando el frío asfalto o boca arriba mirando el azul del cielo, algunos cierran los ojos y otros se van con los ojos abiertos para ver como es el infierno.

Los jovencitos de escasos recursos económicos son presas fáciles para los delincuentes con varios galones encima. Ellos los entrenan para quitar la vida a su prójimo sin que les tiemble la mano. La mayoría de jóvenes imberbes que purgan condena en un centro de rehabilitación para menores viven en urbanizaciones, en donde sus padres pudieron invadir un terreno en los arenales de Trujillo, ellos se encargaron de construir edificios de ladrillo y cemento que fueron comiendo de a poco a la arena.

—Papá y la policía no puede atrapar a los delincuentes para que dejen de matar.

La Policía Nacional del Perú de uniforme verde oscuro impoluto cada día deja mucho que desear. Ellos trabajan de la mano con los delincuentes, en algunos operativos se ha descubierto que los policías les facilitan balas a los malhechores, les informan a la hora que se va allanar sus casas, para que puedan darse a la fuga. Los agentes capturan a los facinerosos, pero le piden coima -dinero a cambio de su libertad-, una vez tres  suboficiales de la División de Intervenciones Rápidas (Divinrap) fueron portada de los periódicos por asaltar a una pollería.

Tres policías de Radio Patrulla Escuadrón de Emergencia Norte fueron atrapados pidiendo coima a un detenido. La camioneta de placa de rodaje PL 11687 estaba estacionada en la avenida Túpac Amaru de La Esperanza. Los efectivos estaban en el interior del vehículo distraídos con el celular, pero se pusieron moscas, en cuanto escucharon el ruido de una motocicleta, lo dejaron que avance unos metros y el chófer de la patrulla empezó hacer rodar las llantas de la camioneta y a gritarle por la bocina que se detenga. El intervenido hizo caso a la autoridad, frenó de golpe y esperó que le pidan brevete y documentos de la moto, como en toda intervención; sin embargo se llevó una sorpresa.

—Tú tienes requisitoria —manifiesta frescamente un policía—. Necesitamos cinco mil soles, si no nos te llevamos a la comisaría.

—Está bien jefe —balbucea Josué Villanueva, no reclama porque años atrás había purgado condena en el penal El Milagro—. Déjeme llamo a mi hermano por el dinero.

Los tres policías: Josef Castrejón, Luis Morán Flores y Edwin Cruz Castro, se frotan las manos, se imaginan comprando cosas con el dinero y sonríen a mandíbula partida porque la Diosa Fortuna está de parte de ellos. El hermano no responde las llamadas del detenido. Él se acerca a los efectivos para darles la mala noticia. Ellos le piden que insista que lo esperan sin ningún problema, no les importa si en otra avenida se matan o roban, les importa el dinero fácil que llenaran en sus bolsillos.

Josué Villanueva se percata que le gusta el dinero a los policías, se le prende el foquito de negociador e intenta rebajar el monto solicitado en un inicio. Él se acerca y empieza a negociar como si fuera un vendedor de papas del mercado de La Hermelinda.

—Jefe algo menos, mi hermano no cuenta con los cinco mil soles —explica.

—Está bien, consigue cuatro mil soles —confiesa un policía—. Dile a tu hermano que lo esperamos en la cuadra siete de la calle Félix Aldao.

Moisés Villanueva, hermano del detenido, hizo esfuerzos descomunales, llamó aquí y allá, y no consiguió la cantidad solicitada por los policías. Él solo consiguió dos mil soles, guardó el dinero en su billetera y partió a la dirección indicada, pero antes de acudir a la cita denunció el hecho ante la Fiscalía Provincial Corporativa Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios de La Libertad. Moisés le informa todo los por menores al fiscal, se ponen de acuerdo, como proceder para no levantar sospechas. Él actúa como niño obediente, dirigido por la máxima autoridad, llega a la cuadra indicada por su hermano, se acerca al copiloto y le entrega el dinero al policía.

La patrulla se desplaza lentamente con el detenido en el interior, los efectivos pensaron dejarlo en la otra esquina para no levantar sospecha alguna. Después de treinta segundos, entró en acción la policía de casos de Alta Complejidad y el fiscal. Los policías alejaron que capturaron a Josué Villanueva con un revólver, serie limada, abastecido con seis cartuchos, pero el fiscal no encontró ningún arma de fuego, más si encontró los dos mil soles.

Termino de narrar la historia de los oficiales coimeros un poco preocupado, porque mi hijo no da señales de estar despierto, no mueve ni un pie ni una un mano y eso es rarísimo en un niño travieso como él. Lentamente, inclino mi cabeza para comprobar mis sospechas, me topo con sus ojazos marrones café más abiertos que las puertas de la iglesia un sábado por la mañana. Él no parece decepcionado de sus héroes, después de escuchar cosas horribles sobre ellos, en su rostro no hay ni un gesto, en señal de desencanto por la policía. Continuo contándole historias violentas, antes que me haga una pregunta incomoda de responder.

Hijo, he visto madres lanzarse sobre el cuerpo inmóvil de sus hijos, se golpean el pecho, se jalan los pelos, se arrodillan, miran al cielo y gritan: «Mi hijito no puede estar muerto ¿Por qué te lo llevaste Dios mío?», «Papito te fuiste sin despedirte de mí» «Te fuiste y no te comiste la torta helado que te guarde de tu cumpleaños». Algunas madres desesperadas en un intento de reanimar al cadáver le llenan de besos, sus rostros golpean la arena, sus lágrimas forman charcos en el suelo. Otras alzan sus manos y claman por justicia al cielo, porque en la tierra no lo encontraran o se llenan de valor y juran vengar la muerte.

Los que más me preocupan de esta guerra absurda entre bandas criminales son los niños. Ellos no tendrán un padre que les lleve un mendrugo de pan cada mañana, un beso de buenas noches o quien les lea un cuento. Los huérfanos esperan distraídamente que las manecillas del reloj avance, para que suene la campana de salida del colegio, no se emocionan en salir rápido, han perdido la esperanza que sus padres estarán afuera esperando por ellos. En sus ojos no les brilla la ilusión de hacer promoción y tomarse una foto con toda la familia, porque se notará la ausencia del padre que se fue dejando un vacío enorme en la cabecita del inocente del niño, un hueco que nadie podrá llenar. El corazón de los desamparados ha dado paso al odio, la sed de venganza, al resentimiento social.

Dos huérfanos juegan en la calle, tienen dos pistolas cada uno, juegan hacer delincuentes, uno le dice al otro: «Tú eres el que mató a mi papá. Yo te mataré en venganza». El otro niño sonríe, acepta y advierte: «Está bien, pero no me dejaré matar fácil, por si acaso». Ellos se olvidan que la pistola tiene doce balines y simulan con la boca el sonido del disparo de más de treinta balas, en sus juegos inocentes no hay muertos ni heridos ni sangre ni el sonido desesperado de la sirena de la ambulancia que traslada los muertos.

¿Quién carajos se atreverá a explicarle a esos huérfanos que la solución no es la venganza? Y que nadie hizo nada para salvar a su padre, quien siendo muy joven los delincuentes le arrancaron con navajas la sonrisa de su rostro. Quien se atreve a explicarle a esos abandonados que su padre no le podrá tomar la mano y caminar bajo el inclemente sol, que no le enseñará a nadar, que no le dará consejos para superar una ruptura sentimental, que no les llevará torta por su cumpleaños, que no lo esperen despiertos porque él nunca llegará o peor aún, no le acompañará el día de su graduación de la universidad.

Quién será el valiente que se atreva a romperle las ilusiones a un niño y decirle que su padre policía murió acribillado y por eso nunca lo alzó en sus brazos en las noches ni le cantó canciones de cuna. Quien será el que no tenga corazón y rompa el  corazón de un pequeño, explicándole que no es su padre, que ha vivido engañado durante toda su corta existencia. Quien tiene las agallas para explicarle con periódico en mano a un huérfano que su padre lo asesinaron por ajuste de cuentas.

—Papá, me estás hablando de los niños que sangran por su nariz. Esos que grabaste en tu celular —manifiesta—. ¿Te acuerdas?

—Papá, yo sé quién puede ayudar a esos niños —increpa mi hijo.

—¿Quién les ayudará?

—Diosito, papá —explica—. Mi profesora dice que Diosito ama a los niños, que llena de amor y paz a los que sufren en el mundo.

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