Los peruanos aprendemos con los daños

Por: Katty Martinez Rodas

El 2019 ha empezado con una indiferencia que ha asesinado a dos niños hasta el momento. Nuestro conocido “no es mi roche” mató a un niño con autismo en Lima, quien salió de su casa sin dinero y sin poder comunicarse con nadie, muchos lo vieron deambular por las calles incluso lo vieron entrar al mar, y nadie lo ayudó hasta que su cuerpo fue encontrado flotando entre basura en el mar.

Nuestro bien sabido “si ellos quieren algo, que ellos lo arreglen” fue cómplice en la muerte del pequeño ciclista de Trujillo, quien se encontraba entrenando con su familia cuando un colectivo informal corriendo a gran velocidad incapaz de frenar a tiempo lo arrastró varios metros y lo asesinó frente a los ojos de su padre.

Ambos casos han desatado la indignación de la población, algunos, casi los mismos de siempre, hemos salido a las calles a protestar, a alzar la voz porque no es posible que las leyes laxas (la de personas desaparecidas en situación de vulnerabilidad, la ley del ciclista, y muchas otras) en nuestro país nos sigan dejando más muertes, más familias destrozadas por el dolor.

Es hasta hipócrita rasgarse las vestiduras en las redes sociales por ambas muertes, pero cuando ven a personas en plantones, protestas o marchas, no tienen tiempo de quedarse un momento o de alentar a los que están porque “no logran nada, mejor que trabajen”, y apuran al taxista que está rompiendo los tímpanos a todo el mundo con su claxon para hacer avanzar a quienes tiene delante.

Los peruanos somos un montón de gente sin empatía, sin respeto y sin educación, hasta que la desgracia nos toca, hasta que la muerte o el dolor nos enlutan, porque lastimosamente no aprendemos con los años, solo con los daños.

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