Murillo sin San Antonio y en éxtasis

Por: Luis Cabrera Vigo

Desde los 100 metros lo veo.

Todos se mueven: a sus casas o a sus abismos interiores.

Y él, no. Es un joven. Y está en ¡éxtasis! ¡Qué loco!

Son las 8 de la noche en el jirón Bolívar, delante de la Iglesia del Carmen.
Ya a unos pasos veo que tiene un libro pequeño en la mano izquierda con el brazo apretado al pecho. (Recuerdo hace 20 años otra figura de terno oscuro con un libro negro en la misma posición, pero en otra cuadra del centro histórico).

A esa hora igualmente yo camino con un libro en la mano izquierda. No creo estar en éxtasis o tal vez sí.

La figura es delgada, de rasgos suaves, rostro limpio, el pelo corto, los ojos cerrados.

¿Acaso una madre que no puede caminar porqué le duelen los huesos es la razón que lo ha llevado a detenerse en ese minuto y tratar de volverlo eterno?
¿Quiere atrapar en esa galaxia que forman sus sueños un tiempo en que era feliz y su madre le enseñaba los primeros pasos?
La respuesta está en su rostro. En el instante en que pasó a su lado veo que sí, es feliz. Y su cuerpo intenta equilibrarse, aprecio un vaivén en su calzado, hacia delante y hacia atrás.

Por un momento supongo que mira al frente a alguna damisela que vende celulares, pero no. Una parte de mí -la otra avanza en la vereda- detiene su caminar y lo observa minuciosamente: el joven no contempla a nadie, él vive dentro de su cápsula uterina y no quiere salir de ahí.
Luego me junto con mi parte menos curiosa y ambos lo vemos, es decir ya no su perfil izquierdo, sino su pómulo derecho, que brilla con la luz de los faroles.

Ahora sé que nadie lo sacará de su arrobamiento. Tal vez mañana lo vuelva a encontrar.

Llego a casa y las articulaciones de mi extremidad izquierda me duelen, con ronco y leve crujir.

Ilustración: Escultura en bronce “Espíritu Del Éxtasis” de Charles Robinson Sykes.

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